09/21/2026

El caso del ingeniero Santos: un pasacasete robado, dos ladrones muertos y una legítima defensa que abrió un debate eterno

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En 1990, Horacio Santos mató a dos delincuentes que le habían sustraído el pasacasete del auto. Los persiguió y les metió un disparo en la cabeza a cada uno. El episodio dividió a la opinión pública.

El 16 de junio de 1990 el ingeniero Horacio Aníbal Santos persiguió a Osvaldo Aguirre y Carlos González, que le habían robado un pasacasete, y los mató de un disparo en la cabeza a cada uno. El caso tuvo una gran repercusión nacional y quedó en los anales de las crónicas policiales argentinas.

Aguirre tenía las orejas abiertas y 29 años. Le decían “El Topo”. Había estado preso por robos, hasta que consiguió trabajo como chofer de reparto de una carnicería. Allí conoció a González, “El Pollo”, de 31, que se encargaba de cargar y descargar la carne. El primero vivía con su mujer y dos hijos en un conventillo de La Boca, mientras que el segundo llevaba algunos años en una pensión de Avellaneda con su esposa y sus dos nenas.

Cuando se quedaron sin trabajo, Aguirre y González no permanecieron quietos, necesitaban plata. Sus familiares contaron que el 16 de junio de 1990 iban a comprar un taxi. Lo dijeron, pero no era cierto. Habían salido a robar.

Aguirre, que había sido despedido cuando chocó el camión de la carnicería, manejaba una vieja coupé Chevy color mostaza. Fueron a Villa Devoto, donde se detuvieron en Pedro Morán al 2800. Eran casi las 11.30 de la mañana cuando el ingeniero Horacio Santos, por entonces de 42 años y con hijos adolescentes, había estacionado poco antes en ese lugar. Había acompañado a su mujer Norma López a comprar unos zapatos en una galería comercial que había en esa cuadra.

En ese momento escuchó la alarma de su cupé Fuego que se había accionado cuando los delincuentes Aguirre y González le sustrajeron el pasacasete. Santos, a quien ya le habían robado doce veces en la misma forma, subió con su esposa a su vehículo y persiguió a los ladrones, que iban en un Chevrolet Chevy sedán, hasta darles alcance. Cuando esto sucedió su mujer gritó asustada: “¡Nos van a matar!”. Le pareció que uno de ellos buscaba algo en el vehículo, lo que hizo que Santos, sin detenerse, les hiciera dos disparos con un revólver Dos Leones calibre 32 largo que llevaba y en cuyo manejo era hábil. Los ladrones, que no portaban arma alguna, murieron en el acto al ser alcanzados con una bala en la cabeza cada uno.

Caso ingeniero Santos: juicios y condenas

Llegó el proceso judicial. En el primer fallo, en 1994, Santos fue condenado a 12 años de cárcel por homicidio simple y tenía que ir a la cárcel. No habría beneficios para él. Pero un año después, la Cámara Penal cambió el fallo y entendió que lo del ingeniero fue un caso de “exceso en la legítima defensa”, por lo que lo condenaron a 3 años en suspenso. No fue a prisión.

Además del juicio penal, hubo una causa civil que duró más tiempo.

Con la familia González llegó a un acuerdo, entregándole un departamento cerca del Hospital Garrahan, porque una de las hijas del fallecido necesitaba tratamiento médico. Algunos testigos de las audiencias señalaron, tal como se difundió periodísticamente, que Santos le pidió perdón a la viuda.

Con los Aguirre la batalla civil llevó más tiempo. En 2001, Santos fue condenado a pagar 101.415 pesos como resarcimiento. Hubo una apelación y una sentencia superior le quitó el 80% de la condena. O sea, Santos sólo debía pagar poco más de 20.000 pesos. La última apelación estaba en la Corte Suprema cuando, finalmente, las partes llegaron a un acuerdo privado y se cerró la causa en 2004.

Santos tenía al momento del hecho una pequeña empresa. Los gastos e indemnizaciones lo dejaron sin dinero, pero uniéndose a sus hijos que estaban en la misma actividad -tratamientos de superficie y corrosión- pudo sacarla adelante. Según una nota periodística publicada 20 años después, su abogado informó que desde entonces Santos no volvió a tocar un arma.

El ingeniero Santos sólo volvió a ser noticia, aunque fugazmente, en 2008, en enero, cuando se produjo un asalto en su casa. El profesional se despertó con un policía en su dormitorio, que había ingresado para tratar de sorprender a los ladrones.

El caso del ingeniero Santos fue un antes y un después

“El caso Santos fue una bisagra”, aseguró Eduardo Gerome, su abogado en aquel momento. Para el letrado, lo que ocurrió con su cliente puso sobre el tapete una arista que hasta entonces no había tenido demasiada difusión. “La gente creía que si le robaban no tenía derecho a defenderse”, dijo.

“Hubo un exceso, la defensa fue legítima, pero no proporcional”, opinó su abogado defensor, y señaló: “El punto es hasta dónde tiene alguien la posibilidad de defenderse, no sólo la vida sino sus bienes”.

Gerome nunca olvidará la respuesta que le dio el ingeniero en una de las primeras charlas que mantuvieron cuando él tomó su caso. “Le pregunté por qué seguía usando el pasacasete si siempre se lo terminaban robando y me dijo: ‘Porque siempre tuve derecho a tener'”.

Santos, en una frase que retumbó en los oídos de su abogado, le dijo: “Pase lo que pase, matar a una persona no es gratuito”.

El caso Santos: una discusión que no fue saldada

El doble homicidio generó en los medios un debate inmediato sobre el gatillo fácil, la justicia por mano propia y la legítima defensa que nunca fue saldado y muchos comenzaron a referirse a Santos como “el justiciero”.

Un expediente judicial que, literalmente, dividió a la opinión pública.

Santos, un profesional que jamás había tenido el más mínimo problema judicial, había perseguido y matado a dos ladrones. ¿Una víctima extrema de la inseguridad o un asesino?

Por entonces, se acuñó en los titulares de los diarios, por primera vez, el adjetivo “justiciero”, que perduraría como sinónimo del resultante más brutal de la impunidad: hacer justicia por mano propia.

Santos siempre mantuvo el más bajo perfil. Nunca hizo declaraciones, jamás tuvo la tentación de hablar para contar su experiencia. Con esa decisión, quizás, alimentó aún más la polémica que se tejió en torno a su nombre: un hombre que hizo justicia por mano propia (lo que lo convertiría lisa y llanamente en un asesino sin ley) o una víctima de la inseguridad que se defendió legítimamente.

Cronica.com